China – Brasil, Interdependencia Estratégica. ¿Quién es “órgano externo” de quién? (Parte 2)
Brasil y China están construyendo el eje geopolítico más importante del siglo XXI. En ese marco, su interdependencia es cada vez mayor y más profunda no obstante asimetrías inocultables que obligan a Brasil a consolidar su condición de socio industrial indispensable para China.
INTERDEPENCIA INDUSTRIAL
Los últimos años ocurrieron hechos que impactaron la industria brasileña. El cierre de las fábricas de FORD, productora de vehículos desde hace más de 100 años en diversas ciudades brasileñas, así como la dramática reducción de operaciones de la GENERAL MOTORS, fueron considerados como una tragedia económica que devino en una masiva pérdida de puestos de trabajo en Brasil. Pero también, por esas ironías del destino, fue una oportunidad para la inversión china que, con las empresas BYD y Great Wall Motors, entraron en el mercado brasileño ocupando el espacio que dejaron las fábricas americanas.
El enorme complejo industrial en Camaçari (Bahia) que era de FORD, ahora es el mayor centro de operaciones de BYD fuera de Asia. Desde allí puede conquistar toda América latina, derrumbando la narrativa previa que desacreditaba la calidad de productos y empleo chinos. No es una fábrica convencional, es una empresa de producción de vehículos eléctricos que está redefiniendo la industria automotriz global. Tesla, del multimillonario Elon Musk, ha sido superada por BYD en número de autos eléctricos vendidos. Las fábricas chinas, con una clara disposición por el beneficio compartido, contratan ingenieros, técnicos y operarios brasileños en todas las ciudades industriales que los americanos abandonaron.
Ahora, los productos “made in Brasil” con tecnología y capital chinos, son apreciados en su calidad, pueden entrar en mercados latinos con precios mucho más competitivos que los productos chinos directamente importados.
¿Qué pasaría si el gobierno brasileño decidiera cerrar las puertas a las empresas BYD y Great Wall? China perdería acceso a 300 millones de consumidores latinoamericanos y perdería el liderazgo industrial en el hemisferio occidental, cifras billonarias en inversiones ya realizadas y procesos de transferencia de tecnología, etc. Nada de eso quiere Brasil. China por su parte, requiere la plataforma que le da Brasil, acceso a mercados y presencia en la industria latinoamericana. Ambos países se necesitan, su interdependencia es de mutuo beneficio, pese a las asimetrías.
RIESGOS Y COSTOS
Todo lo dicho hasta este momento muestra, con las reservas que puedan establecerse, una relación bilateral China-Brasil que trasciende lo estrictamente comercial. Ambos países saben que su relación tiene características estratégicas con horizontes temporales mayores al corto y mediano plazo. Podría alegarse que la dependencia excesiva, comercial y geopolítica, de un único socio comercial podría entrañar peligros. Siendo verdad ello, no podrían lograrse los objetivos que se plantea la relación bilateral sin asumir riesgos y costos.
Por ejemplo, si la economía china estuviera procesando una crisis profunda con colapso inmobiliario, o si la transición demográfica china generara problemas económicos insolubles, Brasil sentiría impactos en sus estructuras. La reacción de Brasil a esa hipotética situación estaría severamente condicionada a las exportaciones de soya a China, a donde va el 75% de la soya que exporta Brasil. Asimismo, habría un riesgo geopolítico directo. En la hipótesis de que se produjera un conflicto militar entre EE. UU. y China, por el tema Taiwan, Brasil tendría que definir de qué lado está, asumiendo costos enormes con cualquier decisión. Si elige EE. UU. pierde el acceso al mercado chino y décadas de inversión se evaporarían. Si elige China entonces vendrán las sanciones económicas, bloqueo financiero y aislamiento de occidente.
¿Qué hacer? Diversificar sin romper. Fortalecer relaciones con la UE, India y otros mercados emergentes. No colocar todos los huevos en la canasta china, tampoco jugar fuera de ella. ¿Cómo hacerlo? Con diplomacia sofisticada que, dado el prestigio diplomático ganado, Brasil podría generar. Por ahora, aun con los riesgos referidos, la dirección de la relación bilateral está clara. El eje Brasil-China es una realidad consolidada, no es una tendencia pasajera ni una moda diplomática. Es una reestructuración fundamental de cómo el poder y la riqueza se organizan en el planeta. La relación bilateral refleja también el ascenso del Sur Global como una realidad económica concreta y no solo como discurso.
MIRANDO EL 2030
Con la información disponible, es posible vaticinar cinco tendencias eje en la relación bilateral:
Uno: La integración industrial adquiere mayor dinamismo. No solo se verán fabricas chinas en Brasil sino joint ventures, proyectos de investigación y desarrollo conjuntos, cadenas logísticas, de producción y abastecimiento totalmente integradas. Brasil se convertirá, en ese sentido, en parte orgánica del colosal complejo industrial chino. No será solo un mercado consumidor ni solo un proveedor de materias primas, sino un socio industrial indispensable para China.
Dos: La dependencia alimentaria de China respecto a Brasil será mayor. Con los cambios climáticos afectando la agricultura global, con la enorme población china pese al envejecimiento, con la demanda creciente de proteína animal en Asia, entre otros, Brasil se consolidará como el granero indispensable de China y, por extensión del Asia, lo que le dará un poder geopolítico de negociación que no tuvo antes.
Tres: Los conflictos sobre tecnología y datos entre potencias que disputan hegemonía se agudizarán. A medida que China controle más infraestructura crítica en el Brasil, redes de telecomunicaciones, sistemas de energía, puertos inteligentes, EE. UU. ejercerá mayor presión sobre Brasil. Acusarán a las empresas chinas de espionaje y amenaza a su seguridad nacional, exigiendo que Brasil elija seguir con China o volver a ser su “patio trasero”. No es difícil prever que, como ya está ocurriendo, Brasil tendrá que navegar en aguas turbulentas y geopolíticamente complejas.
Cuatro: La desdolarización en la relación bilateral alcanzará niveles que incomodarán a los EE. UU. Se estima que al 2030 más del 70% del comercio bilateral se realizará en moneda local, hecho que será imitado por otros países y, de manera inmediata, por Argentina, Chile y Perú que tienen una importante relación con China. Así, pese a los esfuerzos en contrario de Trump, el dólar irá perdiendo relevancia en todo el hemisferio sur.
Cinco: Cambio en la autopercepción de los ciudadanos brasileños. Dejarán de ver a Brasil como un “país en vías de desarrollo”, parte de la periferia del sistema. La visión del país como uno de los polos, con juego propio, de un mundo multipolar está en plena construcción. Ese cambio en la autopercepción del ciudadano será tan o más importante que los cambios económicos que se vienen. Todo eso sucederá con EE. UU. de observador impotente y furioso por los acontecimientos que, sin balas ni invasiones, lo van dejando sin América Latina como su área exclusiva de influencia. A diferencia de China, que prefiere la diplomacia y la cooperación, la estrategia americana siempre priorizó la dominación y subordinación, apoyar dictaduras donde convenía y derrocar gobiernos incómodos.
Sao Paulo, 5 de febrero de 2026
PARTE 1




