Brasil y China están construyendo el eje geopolítico más importante del siglo XXI. En ese marco, su interdependencia es cada vez mayor y más profunda no obstante asimetrías inocultables que obligan a Brasil a consolidar su condición de socio industrial indispensable para China.

BRASIL Y CHINA, ¿hacia dónde?

La pregunta es aplicable a todos los países que están bajo el paraguas financiero, técnico y económico de China. Perú tiene inversión masiva en minería, puertos y ferrocarriles; Argentina en minería, hidroeléctricas y vehículos eléctricos; Chile en energía, infraestructura y minería; Colombia en infraestructura, minería y energías renovables; Venezuela en petróleo y comercio; Ecuador en infraestructura, energía y minería; etc. Todas las intervenciones revelan la prioridad otorgada a sectores estratégicos alineados con la Iniciativa de la Franja y la Ruta.

La relación comercial Brasil-China en 1990 era absolutamente irrelevante y, encima, deficitario. En 2000 superó los US $ 3.2 Bills (ALICE/SECEX, 2004) y 2010 registró un flujo comercial bilateral por un valor superior a los US $56 Bills convirtiendo a China en el principal socio comercial de Brasil. A partir de entonces, el crecimiento del comercio bilateral no cesó hasta 2025 con un valor mayor a los US $ 117 Bills. (Ministério do Desenvolvimento, Industria e Servicios do Brasil, 2026).  

Estos indicadores no solo reflejan cantidades sino calidad y profundidad que configuran una interdependencia estructural que sobrevivió a cambios de gobierno, crisis económicas globales, pandemias y tensiones geopolíticas crecientes porque su anclaje tiene una base real sobre necesidades e intereses que generan complementariedades genuinas y fundamentales.

Son 1400 millones de consumidores chinos que esperan la producción agropecuaria (carne, granos y soya) de las haciendas de Matto Groso, Paraná, Rio Grande Do Sul. A cambio, Brasil recibe apoyo financiero con costos y vencimientos razonables en los campos del desarrollo de infraestructura, empleos de calidad y transición energética.

Brasil, gestionando apropiadamente la interdependencia referida, tiene la oportunidad de convertirse en uno de los polos del nuevo orden mundial multipolar, no con poder militar sino con el que le otorga su economía, sus recursos naturales estratégicos, su privilegiada posición geográfica y su demostrada capacidad de articular el Sur Global. Al 2030 se prevé un Brasil más industrializado, con mejor infraestructura, empleo de calidad en sectores de alta tecnología, con más peso en las negociaciones internacionales y con más autonomía estratégica.

Así, mientras China y Brasil construyen el eje geopolítico más poderos del siglo XXI en una lógica de cooperación y beneficio compartido, EE. UU. sigue ofreciendo una relación basada en jerarquías y sometimiento que lo aísla cada vez más y, a la vez, lo aleja de aquel “patio trasero” que consideraron suyo. 

LA INTERDEPENDENCIA ALIMENTARIA

Se suele pensar que entre Brasil y China solo hay un buen tratado comercial con beneficio compartido. Pero es mucho más que eso. Es una relación mucho más compleja y profunda con perfiles estructurales que trasciende el comercio bilateral.

China, se dice, parece haber convertido a Brasil en un “órgano externo” de sobrevivencia nacional. Veamos cómo se sostiene esta afirmación. Según estimaciones recientes, Brasil abastecerá más del 75% de la soya que importará China en 2026, o sea más de las ¾ de los alimentos requeridos para la producción de puercos en ese país, principal componente de la cocina china. Asimismo, Brasil abastecerá el 45% de toda la carne bovina que importa China.  Ambos elementos constituyen una sustancial fuente de proteína animal para el ser humano y, en el caso de China, contribuye a mantener una estabilidad social.

En un escenario hipotético en el cual se interrumpiera esa cadena de suministros, China no solo enfrentaría presiones inflacionarias sino un colapso alimentario que provocaría perturbación social y, con ella, inestabilidad política absolutamente inconvenientes a la gestión del Estado chino. El Partido Comunista Chino, no solo es consciente de esa eventualidad, sino de la importancia de considerar los campos agrarios de Brasil como factores de seguridad nacional. Visto así, adquiere sentido aquella afirmación por la cual cada hectárea de soya en Brasil vendría a ser una extensión estratégica del territorio chino.

Esa percepción podría verse como un indicio de neocolonialismo.  Pero no, más bien convierte a China en un país dependiente de Brasil de la misma manera que Brasil depende de China si se tiene en cuenta que el 30% de las exportaciones agrícolas brasileras tienen un único destino: China, con lo que los agronegocios brasileros, principal locomotora de la economía brasilera, generan superávits comerciales y millones de empleos directos e indirectos que se explican fundamentalmente en la demanda china.

Si, eventualmente, China decidiera diversificar sus proveedores y dejará de importar de Brasil, se acumularían toneladas de granos y carnes en almacenes con alto riesgo de podrirse, cerrarían decenas de  frigoríficos y ciudades enteras del interior entrarían en depresión económica.

Es de ese tamaño y profundidad la interdependencia entre Brasil y China.  Aun cuando no sea una “relación de iguales”, ninguno podría abandonarla sin asumir costos y consecuencias en sus economías y sociedades. Esta situación, a la vez, genera una especie de garantía mutua y compromiso de que ambos países protegerán la relación bilateral por encima de cualquier contingencia.

INTERDEPENDENCIA ENERGÉTICA

El año 2006, Brasil descubrió petróleo de alta calidad bajo kilómetros de océano y capas de sal en las costas de Santa Catarina y Espíritu Santo.  Son reservas gigantescas cuya explotación exige una combinación de tecnología de punta, inversiones colosales y experticia que pocas empresas del mundo dominan. En esa compleja ecuación, Brasil cuenta con Petrobras que, luego de décadas de estudios y experimentación, se convirtió en líder mundial en procesos de exploración y explotación de petróleo de aguas profundas.

Pero, dados los costos colosales y los riesgos implícitos, era previsible que Petrobras busque socios con mucho dinero e interés por proyectos complejos y de largo plazo. Fue así como aparecieron las empresas estatales chinas CNOOC (China National Offshore Oil Corporation) y CNPC (China National Petroleum Corporation), primera y tercera empresas más grandes del planeta en materia de exploración y explotación de petróleo. Ellas compraron participaciones significativas en grandes yacimientos del pre-sal brasilero, donde se espera producir centenas de millares de barriles por día.

Como en el agro, la inversión china en este sector tiene un carácter estratégico que, principalmente, la convierte en copropietaria de activos valiosos de Brasil. Los chinos no están comprando petróleo, tampoco es un joint venture tradicional, sino están convirtiéndose en dueños de zonas de reservas de petróleo estratégicas, con derechos sobre la producción, las decisiones operacionales y, aunque parezca inquietante, sobre el futuro energético de Brasil.

Por tanto, China tendrá acceso garantizado a petróleo de calidad fuera de control de OPEC, fuera del oriente medio volátil y fuera de las rutas marítimas controladas por EE. UU.  Además, tendrá acceso privilegiado a la tecnología de Petrobras en exploración y explotación de petróleo en aguas marinas ultra profundas.

Por su parte, Brasil se convierte en el mayor proveedor de petróleo para China entre todos los países que no son parte de OPEC-Plus. Para China eso es seguridad energética y para Brasil un eslabón clave en su apuesta por convertirse en un polo de importancia en el mundo multipolar.  

Para EE. UU., esta realidad resulta una ironía brutal. Ellos pasaron décadas presionando a Brasil para mantener Petrobras como empresa abierta al mercado para atraer capital internacional y privatizar. Lo consiguieron en parte (49% de accionariado de Petrobras es propiedad de empresas norteamericanas) pero fueron los chinos los que entraron con inversión masiva.  

En la PARTE 2 y PARTE 3 de la presente nota, abordaremos la interdependencia industrial, Brasil al 2030 y su participación en la desdolarización. Sao Paulo, 3 de febrero de 2026.